Cuando miras desde el corazón

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Cuando miras desde el corazón

Cuando miras desde el corazón

 

– ¿Qué ves?

– Bueno, veo hasta donde mis ojos lo permiten

– ¿Y hasta dónde te permiten ver?

– ¡Vaya! No sé como responderle.

– Entonces, tu vista está limitada. Ves hasta donde pueden ver tus ojos.

– Así es, como todos nosotros.

– Pero eso es físico.

– Claro que sí.

– ¿Y tu corazón hasta dónde ve?

– ¿Mi corazón? ¡pero si éste no ve!

– Pero es físico también.

– Sí, pero no ve.

– Entonces estás ciego.

– ¿Ciego? ¡pero si veo perfectamente!.

– No lo creo. Ves lo básico, lo obvio. Solo eso, y eso, es como no ver.

– ¡Pero no estoy ciego!

– Físicamente no, pero mental y espiritualmente sí. Que tengas un lindo día.

El anciano se apoyó en su bastón y comenzó a caminar. El joven miraba como aquel viejo se desplazaba con dificultad sobre el camino de tierra. Siempre le había llamado la atención como aquel señor llegaba puntualmente cada primer domingo de cada mes y pese a que se habían topado muchas veces en el mismo lugar era primera vez que cruzaban palabras.

Y así pasó el tiempo y los años. Cada primer domingo se encontraban en aquel lugar y pese a que habían hablado solo una vez nunca más lo hicieron. Solo estaban ahí contemplando el paisaje y perdiendo la mirada en el horizonte.

Un domingo, el joven llegó al mismo lugar y vio que aquel anciano no estaba. Sintió como su corazón se apretaba y una nube de pena se apoderó de él y unas gotas de tristeza nublaron sus ojos. Salió corriendo de ahí y se dirigió a la única casa que estaba en el camino pensando que ahí podría encontrar al anciano. Y llegó. Era una casa antigua, humilde y golpeó la puerta anunciando su visita. De adentro se escuchó una frágil voz que lo invitó a pasar.

En una cama se encontraba aquel viejo que lo miraba con dulzura, con una mirada llena de ternura acompañada de una sonrisa sincera que provenía del corazón.

– Y dime. ¿Qué ves?

El joven lo miraba mientras las lagrimas caían por sus mejillas y un nudo le apretaba la garganta.

– Ahora no estoy ciego. Ahora sé lo que es ver. Ahora entiendo que delante de ese horizonte existen muchas cosas. La esperanza, los sueños, proyectos, los recuerdos, de los buenos y los malos, el futuro, ahí está todo e incluso usted que brota en mi mente y en mi corazón. A usted también lo veo.

El anciano volvió a sonreír y cerró los ojos unos instantes y murmuró.

– Yo también te veo. Siempre te vi. ¿Y sabes? Quizás ya mañana no esté aquí pero siempre estaré en la mirada que haces desde el corazón, de esa mirada que se puede ver incluso desde la oscuridad. Ahora lo has aprendido. Cuando miras desde el corazón tu mirada te hace entender lo que otros no quieren ver. Cuando ves a alguien triste solo ves su pena, pero cuando lo haces desde el corazón lo comprendes, sientes su dolor. Cuando peleas con tu pareja solo ves su ofuscación, su mal pasar, pero cuando lo miras desde del corazón sientes su pena, su dolor, su rabia. Cuando miras hacia el horizonte tu corazón te muestra diversos caminos, caminos de vida y también te pone en tu visión tus propios actos y el de los demás. Todo cambia cuando miras desde tu interior, desde el corazón. Ahora sabes ver.

El joven se acercó y lo tomó de la mano. Y después de una pausa le dio las gracias. El anciano abrió sus ojos, sonrió como mucha dulzura y le susurró al oído: “Y dime querido joven, ¿y ahora qué escuchas?”

¿Cuántas veces solo nos detenemos a mirar? quizás muchas veces solo hacemos eso, mirar, pero muy pocas veces ver. La vida a uno le va enseñando que desde el corazón también se puede mirar y comprender. Cuesta, no es fácil porque siempre nos vemos entorpecidos por nuestra ofuscación, pena, ira, etc. Mirar desde el corazón es quizás la forma más amable de ver a los demás.

“Cuando veáis a un hombre sabio, pensad en igualar sus virtudes. Cuando veáis un hombre desprovisto de virtud, examinaos vosotros mismos.” Confucio

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